Acústica en el salón de clases

17 septiembre, 2019

ACÚSTICA EN EL SALÓN DE CLASES

ING. ROBERTO VELASCO GRANIEL

En la cotidianidad tranquila (o agitada) de nuestras vidas nos acostumbramos a convivir con diversos problemas y carencias que, sin importar qué tan difícil sea su solución, conservamos a nuestro lado como viejos e incómodos amigos: dolores de espalda, infecciones leves, sinusitis, fugas de agua, vidrios rotos, fallas en el automóvil, empleos desagradables, molestos zapatos, escritorio desordenado, tabaquismo, etc. La explicación de estos absurdos hábitos es tema importante de estudio para la psicología. Sin embargo, a nivel sociocultural suceden cosas similares; es difícil comprender cómo un pueblo puede tolerar cierto gobierno durante tanto tiempo, o porqué se acepta y justifica el maltrato a los niños cuando, a juicio de los adultos, se “portan mal”, o el cínico e incontrolable daño al medio ambiente.

Entre todos estos problemas, algunos son menos evidentes y, por lo tanto, más perjudiciales. Su bajo perfil, solo obvio para algunos, no impide las graves consecuencias (a veces previsibles) que la falta de su solución acarrea.

Nuestras escuelas padecen un genérico problema escondido entre la gruesa pila de prioridades que compiten en razón a su imagen política y no a su importancia real. Quién podría sospechar que la acústica de los salones de clase es más importante que la pintura de la fachada, la fiesta de fin de año o el festival del Día del Maestro. Sin embargo, un sencillo experimento de dicción permite corroborar una grave situación: La inteligibilidad promedio de nuestros salones de clase no sobrepasa el 65%. Esto es; de cada diez fonemas articulados por el profesor, solamente 6.5 de ellos se perciben correctamente. Dicho de otra manera, nuestros alumnos se pierden 3.5 palabras de cada diez, a pesar de que nosotros cubrimos el 100% de la cuota escolar. Aún así se les aplican exámenes esperando obtengan las más altas calificaciones.

Pero no es cuestión de injusticia sino de ignorancia. Aquí no hay culpables, solo víctimas: Todos nosotros.

La necesidad de una acústica adecuada en el salón de clases y los métodos para efectuarla han sido conocidos por décadas, pero esta información no ha sido proporcionada debidamente a los arquitectos, planificadores, administradores, maestros y padres de familia involucrados en la construcción de las escuelas.

La degradación del aprendizaje a causa de la incorrecta acústica de nuestras aulas (y las de nuestros hijos) va más allá de un “insignificante” 35%. La comunicación interpersonal no está estructurada con base en simples palabras, sino en conceptos. La información que todo ser humano percibe es interpretada de acuerdo con los modelos mentales de cada quien y todos tenemos la tendencia a escuchar lo que deseamos por encima de lo que es.

Si a esta natural falta de objetividad agregamos una falta de información (aunque tan solo sea del 35%), el resultado filtra las fronteras del caos. Ese tercio de estructura gramatical faltante podría ubicarse en las capas de menor importancia, pero también puede estar (o faltar) en la base de soporte conceptual (no es lo mismo “los mondongos de Tapachula…”) modificando totalmente el sentido de la frase.

“Cuestión de sintaxis”, se podría argumentar, cuando en realidad es un queso gruyere semántico.

La confusión es peor para los niños pequeños y para quienes ese idioma es una segunda lengua. Ellos son incapaces de inferir los vocablos confusos o faltantes y “llenar” los huecos para completar las ideas, como en ocasiones lo pueden hacer los estudiantes de grados superiores quienes poseen un vocabulario más amplio.

En el caso de las personas presbiacúsicas (con algún grado de sordera) o de los alumnos con problemas de aprendizaje, ese 35% adquiere dimensiones catastróficas. No podríamos cuantificar la frustración del potencial y la cantidad de talento desperdiciado a causa de este invisible problema, paradójicamente tan fácil de resolver.

El actual escenario escolar incluye nuevas condiciones: La omnipresente tecnología de comunicaciones (TV, Radio, Satélite, Internet, redes sociales, computadoras, etc.) y la cada vez mayor brecha generacional.

Qué alumno prefiere la monótona e incomprensible cháchara magisterial a la atractiva e impactante dinámica de los trepidantes vídeos tipo Discovery, de los seductores tutoriales gráficos en YouTube o los fascinantes vídeo-juegos educativos. Hoy por hoy, la imagen habitual de un salón de clases incluye escolares con la mirada concentrada en algún punto ubicado cientos de metros detrás del profesor, o en la pequeña pantalla de su móvil, donde se encuentran sus verdaderos (o virtuales) intereses.

Ahora las distracciones son mayores y los cambios cada vez más vertiginosos. Los programas escolares más rápidamente obsoletos y los maestros cada vez menos valorados. Por supuesto que los libros de texto, la Internet y las tareas en casa son un gran complemento; pero porqué recorrer el camino difícil desperdiciando la valiosa cátedra presencial, “en vivo” con su arsenal de experiencia y una fértil interacción directa e inmediata. ¿Porqué comprar un traje estándar en “Amazon” cuando se tiene un sastre a la mano?

Podríamos suponer (erróneamente) que siempre ha sido así y que de algún modo las generaciones han aprendido las lecciones. Tal vez; pero en cuanto a los resultados académicos ¿cuáles han sido los parámetros de referencia?: Los maestros, los laboratorios, las bibliotecas, los programas de estudio; nunca el ambiente acústico de las aulas. El aprovechamiento de los alumnos no se evaluó considerando las condiciones acústicas de los recintos.

Por supuesto que la calidad de la enseñanza depende de la calidad de los recursos; el problema es que en la actual escala de prioridades la acústica del salón de clases ocupa, si acaso, uno de los últimos lugares, por debajo de la decoración, del color del pizarrón, del desinfectante de los pisos o incluso del menú de la cafetería.

Sin embargo, la Acústica es un importante punto de reencuentro, de restablecimiento de la comunicación maestro-alumno, alumno-maestro. Una acústica adecuada permite percibir con claridad no solo el mensaje sino también la carga emocional que éste conlleva (el teatro es una incuestionable muestra de ello); las consecuencias directas son mejor comunicación y mayor confort, y las consecuencias indirectas son menor necesidad de elevar la voz, menor fricción, menor estrés, mayor disposición comprensiva, mayor atención, mayor concentración y, por lo tanto, mayor aprovechamiento.

Afortunadamente las cosas están cambiando y nuevamente la influencia viene del norte.

A raíz de la presión ejercida por el gobierno de los Estados Unidos mediante el Acta para los Americanos Discapacitados (ADA: Americans with Disabilities Act), documento que norma las políticas de comportamiento y las normas de construcción que deben cumplir las empresas, organismos e instituciones en relación con las personas limitadas en sus capacidades, la sociedad estadounidense ha experimentado una verdadera revolución en la construcción de nuevas escuelas y en la modificación y adaptación de las ya existentes.

Mientras que factores como la iluminación, ventilación y facilidad de acceso a las salidas de emergencia fueron, entre otras, condiciones tradicionalmente ineludibles para los constructores de escuelas, el ambiente acústico no fue un tema de importancia que suscitara compromisos en el presupuesto o en el programa de obra arquitectural. Simplemente se trataba de distribuir espacios funcionales y bien iluminados para el “adecuado” desempeño de los alumnos.

La preocupación por atender las necesidades de los estudiantes discapacitados ha llevado a re-descubrir que las condiciones acústicas del salón de clases juegan un papel fundamental en el proceso del aprendizaje, tanto para personas con problemas auditivos como para individuos con oído normal.

Los problemas acústicos se manifiestan básicamente en dos facetas claramente definidas: Ruido y Reverberación excesivos.

El ruido puede originarse internamente como en el caso de los ventiladores o el aire acondicionado o bien puede provenir del exterior por múltiples causas: tráfico, clases de deportes, salones de clase adyacentes, cafeterías o restaurantes, aviones y helicópteros, etc.

La reverberación ocurre en los recintos que no presentan suficiente superficie acústicamente absorbente y consiste en la remanencia del sonido debido a las múltiples reflexiones que éste experimenta en los muros internos del lugar.

Ambos efectos interfieren con la voz del profesor y reducen la inteligibilidad de su mensaje deteriorando el proceso del aprendizaje, tal y como sucede en una iglesia donde difícilmente se entiende (o no) el emotivo mensaje dominical.

Las condiciones acústicas adecuadas no son las mismas para todos los recintos. Un templo requiere de una mística reverberación que permanezca durante varios segundos; un gimnasio necesita un ambiente vivo que excite los ánimos; un auditorio implica estricto control acústico que favorezca el refuerzo de la voz sin menoscabo de su inteligibilidad. Para el salón de clases las condiciones óptimas son muy específicas:

• Nivel de ruido máximo NC 30 ó 35 dBA
• Tiempo de reverberación 0.4 a 0.6 segundos

El nivel normal de la voz de una persona es de aproximadamente 50 dBA; es cierto que hay voces más potentes que llegan a alcanzar 65 dBA sin esfuerzo, pero son casos aislados que normalmente no corresponden a profesores sino a locutores y políticos.

La definición de la voz se pierde en presencia de ruido y de reverberación (que es una forma de ruido). Para permitir una inteligibilidad mayor al 90% la relación entre la voz y el ruido de fondo debe ser mayor de 10dB; de ahí la necesidad de mantener el ruido en el salón por debajo de los 35dBA. Otro motivo importante para reducir o controlar el ruido es su factor de dispersión síquica. Las características del ruido determinan en qué grado se puede distraer la atención del alumno con la presencia del sonido contaminante. Si es fijo y estable, como un motor o la lluvia, la atención lo discrimina rápidamente; pero si es intermitente o contiene información es mucho mas probable que se convierta en una fuente de distracción, por ejemplo los aviones, la música o la voz.

Por otra parte, un salón de clases con un tiempo de reverberación de 0.5 segundos presentará aproximadamente un índice de inteligibilidad del 95%.

Si este valor es mantenido pero el ruido se incrementa hasta 45dBA la inteligibilidad cae aproximadamente a un incómodo 55% y el maestro se ve obligado a elevar su voz con los riesgos de salud que ello implica.

Similarmente, si el ruido se mantiene bajo pero la reverberación se incrementa hasta 1.5 segundos, la inteligibilidad se reduce a un 75% y en este caso de nada vale elevar la voz. Si a esto agregamos un nivel de ruido de 45dBA la inteligibilidad cae a un dramático 30%. Desafortunadamente esta es la situación de una gran cantidad de aulas en nuestro país, principalmente en las zonas cálidas donde los techos son altos y los ventiladores o sistemas de aire acondicionado generan ruido.

La solución puede ser tan sencilla que, ante su simplicidad, desconcierta la endémica problemática presente en nuestra actualidad escolar.

La reducción del ruido requiere tan solo de la aplicación del sentido común. Cerrar ventanas y puertas, bajar la velocidad de los sistemas de aire acondicionado, eliminar o alejar las fuentes de ruido, etc. Todo esto se puede prever desde la construcción para ahorrar gastos innecesarios. Cuando la solución no sea tan evidente será necesario solicitar la asesoría de un experto en acústica.

El control de la reverberación se efectúa colocando material fibroso o poroso en los muros del aula. Existen materiales específicos para la absorción acústica, como el Absortech, la lana mineral o la fibra poliéster, que solo se colocan adheridos directamente sobre los muros con bastidores de tela protectora. La alfombra, el corcho o el cartón de huevo no son materiales útiles para esta aplicación. En la mayoría de los casos no será necesario cubrir todos los muros; es mejor empezar con la pared del fondo del salón para evitar el molesto eco que produce la reflexión de la voz y, en caso necesario, colocar placas absorbentes en el techo, sobre el área del profesor o expositor.

Por otra parte, el techo puede servir para reforzar la voz reflejándola hacia los asientos del fondo del salón, por lo que es conveniente evitar cubrir con material absorbente su zona central. En todo caso, siempre es mejor la asesoría de un experto.

Es comprensible que cualquier solución implica gastos, pero los resultados en el incremento del aprovechamiento y la comunicación justificarán sobradamente y a largo plazo los esfuerzos aplicados. La ignorada acústica puede transformar totalmente el ambiente de trabajo y resolver problemas que nadie sospecharía relacionados con ella: La incidencia de laringitis en los profesores, los alumnos especialmente inquietos, las riñas, los alborotos, las faltas de tarea, los apuntes incorrectos, el ambiente tenso, las bajas calificaciones, etc., son condiciones a las que nos hemos acostumbrado como algo normal en la escuela y cuyas aparentes causas son, según el enfoque, la deficiente educación de los niños en casa o el estrés del profesor. La ancestral dinámica escolar
tiende a aplicar frustrantes correctivos como la ridiculización social del alumno, su suspensión temporal o definitiva, el proverbial sermón o abrumadores trabajos escolares. En el mejor de los casos se recurre al psicólogo escolar como un paliativo, un parche que con el tiempo y la inercia se suelta y da paso al recurrente problema.

Durante años los alumnos han (hemos) confrontado con mejor o peor fortuna esta situación superando los problemas o tropezando con ellos, pero más vale tarde que más tarde. El adecuado ambiente acústico no es la panacea, pero sí es un importante puente de comprensión y comunicación entre dos generaciones cada vez más distantes.¿Porqué no mejorar las condiciones para favorecer el aprendizaje cuando los elementos para lograrlo están al alcance de la escolar mano? El esfuerzo es pequeño y el resultado  será sorprendente. Y no conozco un solo padre que no esté de acuerdo en que nuestros hijos merecen un futuro mejor que el nuestro.

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